Fotos que hablan a través de sus silencios

Sociedad - RDN
Lectura

embargo los tengo ahí: algunos en un sillón del dormitorio; otros en un placard, los más antiguos en un estante.

No sé por dónde empezar. Hay noches que miro con fascinación unas fotos chiquitas en las que toca adivinar tanto como se ve. Dicen “Rivera” y el año. Es un pequeño pueblo en el oeste de la provincia de Buenos Aires, límite con La Pampa, fundado por judíos del Este de Europa que llegaron a trabajar la tierra. Entre ellos, mis bisabuelos, que desembarcaron con su padre -mi tatarabuelo- y con algún bebé en brazos -mi abuelo-. Se ven familias, se ve un hombre en bici, una tierra llana. Las imágenes es son pobres en calidad: no sólo un siglo sino una definición que no es la actual. Me imantan, no les quito los ojos. ¿Qué retrataron? ¿El trabajo, lo logrado, el esfuerzo, el nuevo horizonte? Hoy le doy esos significados, no sé ellos.

Cambio de brújula, de tiempo y de rama familiar. Ahora, la paterna. Mi abuelo fue carpintero y llegó a tener una mueblería. Creo que bastante antes de que yo naciera se cortó un dedo pulgar con una de las máquinas del taller. Adolfo hablaba poco: estaba más presente con los silencios que con la palabra. Ese dedo me llamaba la atención pero nunca me contó qué había pasado. La historia lo resumía en que lo había perdido con una sierra o algo similar. Lo pienso, y hoy haría tantas preguntas: ¿cómo fue el dolor? ¿creyó que iba a poder seguir trabajando? ¿hubo un antes y un después? ¿fue un símbolo de la dureza de sus tiempos? Imagino mis dudas e imagino también sus respuestas, sucintas, despojando al hecho de todo significado. Las cosas eran, sucedían, se interpretaba menos.

El tiempo pasa/ Nos vamos poniendo viejos cantan Silvio y Pablo. Y yo sueño pero también bajo a tierra. Están, sí, esas fotos centenarias pero también las miles digitales que ya sacamos a nuestros hijos. Otro cargo de culpa: nunca organicé esa montaña gigantesca de bytes que pasó de una memoria a un disco y del móvil a la nube. Están, pero tan dispersas que no califican para una saga. Hay que hacer algo antes de que un futuro nieto alguna vez pregunte “¿Y estos, de qué se reían?” y no haya nadie que sepa responderles.