"Estaban tristes y no querían comer": la historia del geriátrico que puso un "abrazador" para darle ánimo a los abuelos

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Ya no se interpone el vidrio que le hacía difusa la imagen y apenas audible la voz a Julia Santibañez para que su mamá, Ana, de 93 años, entendiera quién estaba

saludándola del otro lado de la ventana. Y tampoco se da esa dolorosa despedida, ambas con la palma de sus manos enfrentadas a través del cristal.

El martes, al fin, pudieron verse, oírse, tocarse, darse un largo y "aliviador" abrazo después de tres meses, una escena que se repite entre familiares y los jubilados que se encuentran internados en un geriátrico de Tandil, donde la solución llegó mediante "un abrazador".

Anahí Soulié lo había visto en algún canal europeo y la idea de montarlo en el hogar que maneja en la calle Montevideo al 300 en la apacible Tandil, donde hay 48 ancianos, le surgió con urgencia cuando oyó la respuesta de una abuela (para Anahí y para todos quienes trabajan aquí, los internos son "los abuelos"), quien decaída le explicó porqué hacía dos días se negaba a comer.

"Estaba triste, cuando le pregunté qué le pasaba, me dijo que extrañaba a su hija", contó Soulié a Clarín, y de inmediato le dijo al muchacho de mantenimiento qué era lo que quería hacer.

No lo anunció hasta que no estuvo terminado: hizo montar un pliego de tela de PVC transparente que cubre de arriba a abajo, de lado a lado el ancho de las dos puertas del frente, y está cocido, sellado y fijado con listones de madera de modo que no pasa aire. Tiene al medio cuatro agujeros, las mangas.

"Es un abrazo, una caricia, sentir el calor de la mano, aunque sea a través del nylon, no sobre un vidrio", explica Anahí, una apasionada de su trabajo en el hogar "Reminiscencias", que esta semana revolucionó Tandil. Porque desde que instaló el panel, no solo pasan los hijos y nietos a ver sus familiares alojados allí, el vecindario que supo de la tristeza de esos abuelos los saluda al pasar.

Cuenta Anahí que las dos últimas semanas fueron "terribles", que "para los abuelos se estaba haciendo insostenible" el distanciamiento que les impuso la cuarentena. Aquí, hace tres meses que no recibían visitas, porque aún antes que se declare a nivel nacional, el Tandil había cerrado todo. Al día de hoy, no hubo casos de Covid-19 registrados.

Una abuela que se negaba a comer porque extrañaba a su hija, y preguntaba por qué la habían abandonado, otra de 101 años que pedía que no le mintieran más: "Díganme la verdad, ¿qué le pasó a mi sobrino, se murió'", reclamaba la mujer. 

"Hicimos de payaso, de pedicuras, de peluqueras, tratamos de animarlos de todas formas, pero a lo último ya no querían nada de eso. Encima veían que en la ciudad comenzó a tener más movimiento, y pensaban que les estábamos mintiendo. Tampoco es que uno les explica y lo entienden, tal vez sí, pero al otro día, o al rato, por ahí hay que contarles de nuevo sobre la gripe. Hay gente de 98, de 101 años aquí", cuenta.    

Los mismos reproches los oyeron luego, ahora en el contacto de las mangas, sus familiares. "Una señora le preguntaba al hijo por qué la había abandonado y él trataba de explicarle. Tengo tres hijos, ¿dónde están los otros?", le reclamaba.

Luego, en "Reminiscencias", el clima cambió. "Están felices, no los tenemos que abandonar a ellos, a los abuelos no los podemos abandonar", dice la propietaria: "Si sos de buena madera, los querés. Hace 18 años que trabajo en esto y verlos llorar, tan emocionados en esos reencuentros, me llena el corazón".

Julia Sanibañez, una de las cuatro hijas de Ana Musse (Nené, que vive en Mar del Plata, Cristina y Teresa, las otras tres), la fue a ver el martes a su mamá. Fue breve el reencuentro porque había otros familiares en el horario de visita que esperaban ver a los suyos. En la puerta del geriátrico hay una caja con guantes de nylon que cubren prácticamente todo el brazo, son descartables y tienen que ponérselos para usar las mangas. 

"Para una es tranquilizador, porque en medio de todo esto uno piensa cuándo va a poder darle abrazo. Y para ella también, estábamos muy emocionadas, yo era la que hablaba más. Nos pudimos tocar, aunque sea con ese nylon y guantes, realmente muy movilizador, emocionante, es darse 'un cierto abrazo', lo que hizo Anahí es maravilloso", contó Julia a este diario, que la vio "muy bien" a su mamá, a sus 93 años, con sus collares y maquillada para recibir visitas. "Mañana la voy a ver otra vez", promete.

Mar del Plata. Corresponsal.

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