Montoneros: afirmaban vengar al peronismo, querían apropiarse de su causa

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Fue el primer presidente anti peronista. Formaba parte del grupo de militares que dieron el Golpe del 55 en nombre de la restauración de la libertad y la democracia. Asesinó con

firma al General Valle y a Cogorno e inició la represión ilegal en la masacre de los basurales de José León Suárez. La Libertadora no pudo acusar al peronismo de violencia; otros fueron sus defectos, pero no tuvo muertos en sus diez años. Matar fue una definición de sus enemigos. Es cierto que en esos tiempos asesinaban sin endeudar; la perfección del anti peronismo vendrá con Videla, y tendrá más adelante sus versiones democráticas.

Los Montoneros no asesinan a Aramburu obedeciendo órdenes del pueblo como intentan justificarse; lo hacen para sustituir al pueblo en tanto protagonista. Fueron parte esencial del fracaso de las aspiraciones de mi generación y terminarán usurpando los derechos humanos que jamás respetaron.

El crimen de Timote fue un golpe profundo, el inicio del intento de copar al peronismo como estructura obrera y dejarlo en manos de intelectuales y estudiantes. Montoneros era un grupo de jóvenes de clase acomodada, católicos de derechas, con innegables lazos con el gobierno de Onganía. Su objetivo era quitarle protagonismo a Perón y apropiarse de Evita y del pueblo trabajador en un intento de asignarle poder a la clase media ilustrada. De eso y nada más que de eso se trata ese asesinato.

Ocurrió en mis tiempos de dirigente estudiantil, primero cristiano y luego, peronista. Me buscaron, dialogamos mucho y conocí a algunos otros actores, especialmente a un sector de la Iglesia, su peor derecha que actuaba generando una izquierda para consolidar a Onganía. En rigor, asesinan al negociador: Aramburu era el dialoguista, un adelantado del posterior Lanusse. El enemigo real era Rojas, con quien no se meten, simplemente porque no había razón para hacerlo. Más tarde, algunos de ellos se volverán marxistas.

Esa muerte les entrega la conducción de una generación a la que llevarán a la derrota junto con el peronismo y la misma clase trabajadora. De aquel asesinato a hoy es mucho lo que retrocedió la sociedad, y en ello, tienen que ver en gran medida los responsables de aquel hecho.

El asesinato de Aramburu simulaba vengar al peronismo cuando tan solo intentaba apropiarse de su causa, de su historia. La guerrilla nacional, las FAP, eran anteriores; la masiva nace con Onganía en la noche de “los bastones largos”, y Perón intentará sin éxito integrarla a la democracia. Nacía una fractura social que sigue generando pobreza, una guerrilla a la que el General le ofrece la conducción del peronismo, la Secretaría general, la Jefatura de la Juventud, los gobiernos de Buenos Aires, Córdoba, Mendoza, Salta, cuentan también con ministros, diputados, senadores. Y ellos asesinan a Rucci, entre otros, convencidos de que la democracia era reformismo y el poder nacía de “la boca del fusil”. La guerrilla no se salvó del karma de todas las instituciones nacionales, terminó conducida por los peores, los más mediocres.

Tras su nacimiento con el asesinato de Aramburu y sus vínculos con la dictadura de turno, Montoneros toma su propio rumbo, pero no tiene aciertos políticos ni militares en su gesta, solo fracasos y desaparecidos. El ERP, los viejos amigos trotskistas, marcharon con dignidad al suicidio; las FAR, los marxistas, quedaron en duda luego de haberse fusionado. La dictadura y sus desaparecidos otorgó un relato a la guerrilla en el que reniegan de sus errores, y terminan ocupando un espacio idealizado por cierta juventud.

Aquel asesinato inicia un retroceso político y social que Perón en su retorno intenta revertir otorgándoles esa enorme cuota de poder que no supieron asumir. Las diferencias ideológicas son evidentes: los peronistas creemos que en el seno del pueblo está el mayor nivel de conciencia; ellos lo imaginaban en el marxismo y otras teorías que imponen la superioridad de la razón sobre la conciencia.

Aquel asesinato no sirvió para liberar al pueblo ni para vengar los crímenes de la Libertadora, sino para limitar el poder de Perón. “La soberbia armada”, como la denominó Giusani, supo convocar al golpe, proponiéndolo bajo el lema “cuanto peor mejor, una patética demencia armada que a partir de los deudos, Madres y Abuelas, pergeña un marco teórico e histórico que nada tiene de parecido con la realidad. Apropiarse de los derechos humanos es un error insostenible. Fue una guerrilla que no dejó sobrevivientes coherentes y dignos del dolor y el heroísmo de sus desaparecidos.

El autor de esta columna fue diputado nacional.