Coronavirus en Argentina: intendentes con la soga al cuello, atados a la ayuda de Alberto Fernández y Axell Kicillof para poder subsistir

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"Hablen con Axel", les ha dicho Alberto Fernández a los intendentes, incluso a los más amigos, con los que habla de celular a celular. Es una de las diferencias que lo

separan de Néstor Kirchner, a quien muchas veces el Presidente busca parecerse. Prefiere que sea Kicillof el que se encargue de proveer alivios financieros, aunque la gran parte salgan de las arcas nacionales. O prefiere no generar roces extras con Cristina Kircher, que monitorea todos los movimientos en el Conurbano. Su bastión no se toca. La vicepresidenta no habla públicamente del asunto pero está inquieta por el contagio del coronavirus y la crisis económica: "Preparate para resistir por lo menos hasta agosto", se sinceró ante uno de los alcaldes del sur que le contó sus penurias cotidianas.

Los intendentes, de cualquier signo político, corren hacia el gobernador. Si hay diferencias que no se noten. Kicillof ha logrado en las últimas semanas que lo miren con mayor simpatía. Él está tan o más preocupado que sus socios y no quiere el mínimo desborde social. Promete que no faltarán recursos. Los intendentes confían, o necesitan confiar. La situación es inédita. Algunos ni siquiera hacían política en la crisis de 2001.

Las partidas presupuestarias y los créditos blandos se han vuelto vitales para los municipios, ya no como imaginaban en la campaña para pavimentar calles o ejecutar obras sino para afrontar los gastos corrientes. La soga les llega al cuello. Hay quienes estipulan que para recuperarse de esta crisis y volver a pensar en construir una escuela o un hospital en sus territorios habrá que esperar, por lo menos, dos años.

Para más de un alcalde resultó una verdadera odisea liquidar los sueldos de abril. Ninguno quiere pensar en qué será de ellos si la pandemia se extiende en el tiempo y la economía continúa su curva decadente. Tampoco ninguno quiere pensar en la disciplina que representa estar atados a los designios de ambos gobiernos. Disciplina fiscal, pero sobre todo disciplina política. Látigo y chequera, temen la oposición. Está por verse si Alberto se quiere o no parecer al estilo Kirchner en este punto.

"Se acabó la plata y vamos a tener que portarnos bien", se oye en el grupo de intendentes más necesitado. Hay localidades muy comprometidas. Moreno, Merlo, Ituzaingó, Hurlingham, José C. Paz, Ensenada y otras 40 localidades del interior de la provincia. Las colas en los comedores no hacen más que reflejar que los sectores medios bajos se han sumado a la rutina de los vecinos más vulnerables. Es posible que algún jefe comunal exagere la situación a niveles dramáticos para presionar por más fondos -como creen ciertos actores del Gobierno-, pero los números que exhiben de su propia recaudación de impuestos hablan de una caída que ronda, en promedio, el cincuenta por ciento.

Es cierto que en las localidades más pudientes el cimbronazo ha sido menor y que todavía hay margen para impedir una flexibilización de la cuarentena, pero en las zonas más pobres hubo pérdidas de hasta el 70 %. Un caso atípico es el partido de La Matanza, por afuera de todo registro. Es el territorio más grande de la provincia, abarca a 15 localidades, y en muchos barrios acechan las necesidades extremas, pero tiene fondos reservados en su cuenta bancaria para no atrasarse en los salarios. Cerca del intendente Fernando Espinoza dicen que fueron precavidos; los que no lo quieren tienen teorías menos benévolas. Misterio.

En abril, el Tesoro Nacional le envió a la provincia de Buenos Aires 4.000 millones de pesos. De ese paquete, Kicillof repartió 1.000 millones por el coeficiente de coparticipación y los intendentes no tienen que devolverlos. Los otros 3.000 corresponden a un fondo de asistencia. Muchos distritos debieron recurrir a él para pagar los sueldos. Es un préstamo a tasa cero, aunque podría convertirse en una bola de nieve si siguen apelando a él en los próximos meses. En junio, cuando supuestamente se podría producir el pico de contagios y muertes, llegará el aguinaldo. Hoy es una fecha lejana para la política. Eso no quiere decir que no vaya a llegar.

La preocupación es mayo, que acaba de alumbrar tras 45 días de aislamiento social y obligatorio y con la incógnita acerca de qué ocurrirá partir del 10, cuando vence la última prórroga que estipuló presidencia. Este mes será el primero, desde el estallido de la enfermedad, en el que los comerciantes y las industrias deberán pagar la cuota TISH (Tasa de Inspección, Seguridad e Higiene). Es un nuevo dolor de cabeza para los pequeños, medianos y grandes empresarios.

Un caso simbólico. Un relevamiento en Tres de Febrero revela que el 67% de las industrias están cerradas y que el 33% restante produce menos que antes del coronavirus. En este mismo partido, el 56% de los comercios permanecen con las persianas bajas y el 44% que sí trabaja disminuyó sus ventas. Dice el intendente Diego Valenzuela: "Hay una decisión de privilegiar lo sanitario y la compartimos, pero tenemos un bache fiscal grande y encima, como en el conurbano están la mayoría de los contagiados, tenemos más gastos. Necesitamos la asistencia financiera de los dos gobiernos, el nacional y el provincial y un diálogo más proactivo del gobernador".

Valenzuela fue reelegido en su cargo en la boleta de Juntos por el Cambio. Fernando Gray, que acompañó la fórmula Fernández-Fernández en Esteban Echeverría piensa lo mismo. "Nunca habíamos pedido asistencia. Hoy se nos cayó la recaudación a la mitad y no sabemos cuánto vamos a poder tirar". Ariel Sujarchuk, de Escobar, otro municipio en manos oficialistas, dice que agradece "la ayuda que nos dio la provincia", aunque advierte que "es el primer esfuerzo de otros que vamos a necesitar en el futuro, donde prevemos que se profundice más la crisis".

Las dificultades también se palpan en el interior de la provincia, donde algunos intendentes hacen malabares para cerrar sus números a espaldas del foco que los medios concentran en el Conurbano. En Mar del Plata, por ejemplo, donde por primera vez en la historia un intendente debió salir a pedir que no fueran turistas, el aislamiento se implementó previo al decreto presidencial. Teatros, shoppings y balnearios fueron cerrados y provocaron un escenario devastador sobre una ciudad que necesita del turismo. "La crisis va a seguir, estamos buscando formas para no perder tanta plata. En abril tuvimos que recurrir a la ayuda de la provincia", sostiene Guillermo Montenegro. En Mar del Plata hay un solo caso de coronavirus.

La ecuación es sencilla: cuanto más encerradas han estado las ciudades, menos casos de coronavirus presentan. Lo mismo ocurre en las provincias. Los gobernadores más beneficiados por la política sanitaria son los que hoy ensayan una apertura. El dilema es grande para el Presidente. El pico de contagios se ha corrido tanto que asoma difuso. Algunos, incluso, se animan a pronosticar que ese pico no llegará nunca y que la enfermedad en la Argentina se atravesará en forma de meseta. Si eso sucediera, sería un éxito de los epidemiólogos y no habría riesgo de colapso en los hospitales. El daño para la economía se estiraría en el tiempo, con consecuencias impredecibles.