Ricardo Arjona: entre el Abbey Road de Los Beatles y el Macondo de García Márquez

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"Yo también acabo de prepararme un mate", avisa Ricardo Arjona desde el otro lado de la línea telefónica. El comentario sería irrelevante, si no fuera porque el cantante y autor guatemalteco

de 56 años lo hace desde algún lugar de Miami, donde con ese rasgo de argentinidad atraviesa la extensa cuarentena en familia, junto a su esposa Deisy Arvelo, y sus hijos Ricardo Jr. y Nicolás, que justo hoy está cumpliendo 10, en un marco que está lejos de ser el mejor para una celebración.

"Miami es uno de los focos más importantes (de la pandemia) en los Estados Unidos. Está muy complicado. Aquí hubo mucho descuido. Nosotros estábamos a punto de decir: 'Si quieres venir a la fiesta de Nico, pues vacúnate.' Aquí está muy jodido. La gente, inmediatamente después de que dejaron salir un poquito, armaba fiestas que daban ganas de dos cosas: o de putearlos... ¡O de ir! (Risas). A la primera salidita que les dieron se volvieron locos. Muy típico de Miami", resume Arjona. 

Aún así, el cumple de Nico no es lo único que el artista tiene para festejar. Ahora mismo es jueves 30 de julio, y desde esta medianoche su álbum Blanco (primera parte de un combo que se completará con la publicación de Negro) estará disponible en todas las plataformas digitales, luego de un lanzamiento atípico que consistió en la publicación de un tema por semana, desde fines de abril, mientras el acceso al disco completo sólo se mantenía reservado para los miembros del exclusivo MundoArjona.

El lanzamiento incluye como bonus una nueva versión del tema El amor que me tenía, en dueto con el español Pablo Alborán.

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La ocasión parece haber convencido al artista de que bien valía romper un silencio de casi tres años sin dar entrevistas exclusivas, desde que en noviembre de 2017 había hablado largo y tendido con Clarín. "Han pasado 200 cosas desde entonces; 198 fueron malas, y dos buenas: una se llama Blanco y la otra, Negro", sentencia.

De esas últimas dos quiere hablar Arjona, y de la decisión casi accidental de dejar a mitad de camino el proyecto Mujeres, que consistía -o aún consiste- en una decena de duetos con igual número de cantantes femeninas- para embarcarse en un plan que concluyó con 24 canciones grabadas en Abbey Road junto a un grupo de músicos extraordinarios.

Pongamos que hablamos de Londres

"Julio de 2019. Estaba en un bar en Londres donde dos hinchadas de fútbol se enfrentaran a las trompadas, mientras desde abajo de una mesa yo veía pasar volando ceniceros y otras cosas por encima mío. Aquel acontecimiento surrealista me llevó al hotel, y escribí de un plumazo Hongos", recuerda el cantante.

"Blanco" y "Negro" en colores. La crisis de la pandemia obligó al cantante a barajar y dar de nuevo en su estrategia de presentación de su nuevo trabajo. Acaso a contramano de lo que mandan los manuales. (Foto: EFE/ Eduardo Hernández Mendoza / Metamorfosis )

"Blanco" y "Negro" en colores. La crisis de la pandemia obligó al cantante a barajar y dar de nuevo en su estrategia de presentación de su nuevo trabajo. Acaso a contramano de lo que mandan los manuales. (Foto: EFE/ Eduardo Hernández Mendoza / Metamorfosis )

Lo que siguió fue enviarle una nota de voz a Dan Warner, quien al otro día le respondió con "una maqueta extraordinaria de la canción". A su envío, el mutipremiado productor estadounidense le sumó un "regaño". "Descubrió mi esencia. 'Has hecho cosas muy grandes, pero creo que el Ricardo Arjona de verdad es el de esa canción y el de ese sonido', me escribió. Eso me golpeó mucho. Inmediatamente el disco Mujeres quedó abandonado y me volqué a escribir y producir este nuevo proyecto, que ni sabía cómo se iba a llamar."

-¿Para qué te sirvió grabar en Abbey Road?

-Creo que Abbey Road generó una emoción compartida, porque es estar tocando un poco la historia, lo cual genera una adrenalina especial. Pero además, lo que estábamos buscando no era imitar las canciones que se hicieron ahí, pero sí el sistema con el que se grabaron grandes discos. También es verdad que ahí pedís un piano de cola Steinway de cola o el Yamaha 2020, y te lo tienen en cinco minutos. Pero el chiste era usar todos los juguetes de Los Beatles, lo que usaron ellos ahí, con el mismo sonido. Hay algo que tiene que ver con el sonido del lugar y los instrumentos que te lleva a otra parte. Es lo importante y simbólico de este proyecto. Y aquí viene la historia que se armó en torno a Warner.

-¿Cuál es esa historia?

-Dan, con quien habíamos hecho las maquetas, era la parte gringa del proyecto. Después, nos juntamos con los músicos, ingleses, y la cuestión es que ingleses y gringos tienen dos sistemas de grabación que bien podrían pertenecer a dos planetas distintos. El gringo pone pausa cuando pasa una mosca, y el inglés no para aunque en medio de la grabación se caiga una taza de té. ¡Es en serio! Los estudios en Inglaterra, en los que me ha tocado grabar, tienen comedores adentro del estudio, la consola muchas veces está dentro de la sala en la que se graba. Buscan mucho más la piel de las canciones que la exactitud. Entonces, cuando llegué con Dan a Abbey Road descubrí dos cosas.

-Que serían…

-La primera, que los ingleses te examinan como si no merecieras estar ahí, donde grabaron Los Beatles y tantos más. Por eso la primera sesión era muy importante. Nos tocó grabar Morir por vivir. Warner trajo el 'click' para marcar el tempo, y la voz guía, y escuchamos un poco el inicio, sin partituras, porque eso era un poco lo que nosotros queríamos generar: oír la idea y que cada uno luego aportara, para después grabar en una primera toma. Esa era la parte de Abbey Road que nos interesaba. Arrancamos la toma, y el baterista dice: "Esta mierda no se puede grabar con click". 

-¿Hablaba de la canción?

-¡No! No se refería a la canción. Se refería a este tipo de música. El tipo no quería estar amarrado al 'click'. Lo sacamos, a pesar de la oposición de Dan, reemplazamos la voz guía por la mía e hicimos la toma del tema. Grabamos el resto de las canciones de la misma manera, y lo que había empezado con la típica frialdad inglesa terminó esa noche en una situación de las que más nervioso me pusieron en los últimos años.

"Ingleses y gringos tienen dos sistemas de grabación que bien podrían pertenecer a dos planetas distintos. El gringo pone pausa cuando pasa una mosca, y el inglés no para aunque en medio de la grabación se caiga una taza de té."

-¿Por qué?

-Porque el mayor halago fue que los tipos me invitaron al bar donde iban a tocar y querían que cantara esa canción con ellos. Así que terminé de trabajar y fui al bar, donde supuestamente iba a ir Robbie Williams. Entré, vi un par de animalitos que subieron a cantar y de inmediato me dije: "Mierda, yo no quiero subir ahí". Robbie nunca llegó, pero sí estaba una corista emblemática de Michael Jackson, que al día siguiente, junto a tres amigas, estarían en Abbey grabando conmigo.

-¿Cantaste?

-Sí. Me sudaban las manos. No me conocía nadie, pero era un lugar de músicos, extraordinarios. Martín (Terefe, coproductor sueco de Blanco) me anunció como un cantante de Guatemala conocido en América Latina. Subí, Glenn (Scott, el pianista) les dio una idea de la melodía a las chicas del coro, yo les señalé cuando tenían que entrar, la canción quedó fantástica y la respuesta fue tremenda. Esa fue la noche donde cuajó todo. Hubo una suerte de credibilidad entre los músicos y este personaje. Se dio una suerte de complicidad y enfrentamos a los dos mundos. El de Dan, depurador, impecable; y el de los otros, que tomaban café y filmaban mientras grababan.

Ricardo Arjona, y su llegada a los míticos estudios en los cuales The Beatles grabaron casi toda su discografía. (Captura)

Ricardo Arjona, y su llegada a los míticos estudios en los cuales The Beatles grabaron casi toda su discografía. (Captura)

-¿Cuánto tiempo pasaste en Londres?

-Entre una cosa y otra, cuatro meses. Aunque en Abbey Road fue un mes. 

-Imagino que después de tanto tiempo ese lugar mítico pasa a ser como tu barrio.

-Sí. Pero lo que me hizo acomodarme a Abbey Road no fue el estudio, sino esa noche del bar. Uno se siente muy solo ahí, cuando estás con músicos tan grandes, en un estudio tan grande y con este complejo de conquistado que no se nos quita a los latinoamericanos; y que cuando se te quita te ponés agrandado. Pasás del servilismo, de ser muy conquistado, a decir: “Quitate de ahí, hijo de puta, y no me jodás”. Sin término medio. Es muy guatemalteco también, eso de decir “sí, señor; sí señor; sí, señor...”, y después agarrar una piedra y reventársela al tipo. Entonces, para poder estar en el medio, disfrutarlo y quitarte la tensión no hay mejor cosa que tener cómplices. Yo me hice cómplice de los músicos esa noche del bar. Para mí fue tan importante o más que estar en Abbey Road. Pero ojo, porque Londres también aportó en los textos.

-¿De qué modo?

-En que el hecho de pasar tiempo en un lugar en el que no se voltea absolutamente nadie para mirarte, de poner entrar solo en un bar, tomarte un café en una esquina y hacerlo de una manera que no podría en otros lados, sin duda fue fundamental. Incluso en el estudio, para los ingenieros y la gente que te asiste allí no representás nada, hasta que te los vas ganando.

Esta independencia es mi lujo

-¿Funciona distinto donde te conocen? ¿Padecés algún tipo de "síRicardismo" ?

-Cuando salimos de gira, somos 45 personas, de las cuales 44 protestan airadamente preguntándome qué carajo hace la número 45, que viaja conmigo, tiene un sueldo y básicamente no hace nada. Es el tipo que si le pido algo me dice "agarralo vos". Trabaja de eso. Es el más importante de los 45, porque es el que me pone los pies en la tierra. Yo lo pienso así. A mí no me gusta que me celebren. El serio conflicto que tengo con la industria, con los presidentes de las compañías, es que todos me quieren tratar de manera especial, y yo aborrezco eso. Porque no me gusta la falsedad. No creo que la gente esté para tratar bien a todo el mundo. Cuando un director de una compañía tiene que ser mariachi a las 10 de la mañana, rockanrolero a las 12, regional mexicano a las 3 de la tarde y jazzista a las 6, y con todos tiene que quedar como que le gusta lo que hacen... ¡Mierda, algún grado de falsedad está generando! Y no voy con eso. Voy más con el tipo que me habla de frente y que me dice las cosas como son.

Ricardo Arjona trasladó su costumbre de ir de bares a Londres, donde experimentó la sensación de que nadie se diera vuelta para mirarlo. (Foto: Gentileza Prensa)

Ricardo Arjona trasladó su costumbre de ir de bares a Londres, donde experimentó la sensación de que nadie se diera vuelta para mirarlo. (Foto: Gentileza Prensa)

-El problema es que hoy las opciones parecen estar reducidas a coincidencia o escrache. Mientras más se habla de tolerar la diversidad, más se descalifica al que piensa distinto. 

-Es un tema complicado. La gente está sectorizando más que nunca, queriendo no sectorizar. Decir que “todos los negros son maravillosos” es sectorizarlos. Es convertirlos en una raza distinta, en gente de otro planeta. Decir que "todos los gays son maravillosos" es convertirlos en otra cosa. ¿Por qué no decir que algunos son fantásticos y que otros que son un desastre? Hay gente que te cae bien, que te resulta interesante, y lo demás es lo de menos. Pero esta gente, con afán de quedar bien con todo el mundo, lo único que logra al final del camino es sectorizar más que lo que está sectorizado actualmente. 

-¿Te sentís condicionado, al escribir, por la mirada de este nuevo Gran Hermano dispuesto a señalar el más mínimo desvío de la norma supuestamente correcta?

-Ya no. Creo que la más grande de mis excentricidades, hoy, es hacer y escribir lo que me da la gana. Es mi mayor lujo. Algunos se compran un Lamborghini; yo hago lo que me da la gana. Ya no tengo que ir por los frijoles o por el asado. El lujo que me doy hoy es que ésta sea la única entrevista que voy a hacer con este proyecto, porque no me gustan y ya no quiero hacerlas. Esa es una excentricidad. Es mi lujo. Entonces, si se me atraviesa una frase que tengo que estar pensado por lo que va a decir la gente es como regresar 25 años. Ya no estoy para eso. Creo que uno ha recorrido un camino, que no es fácil. Has pasado por muchas cosas. Has sonreído sin ganas un montón de veces, lo cual es una mierda para la salud. Es lo peor, sonreír sin ganas. Cuando te sentás frente al posible editor de tu libro, esa actitud, esa sonrisa, ese comentario que evitaste porque ese puede ser el tipo que ponga el dedo arriba o abajo con respecto a tu trabajo, es terrible. Hacerlo hoy sería como atentar contra mí.

-¿Haber creado una membresía de tu propio club no es justamente una manera de garantizarte una feligresía que todo te lo celebre, y de regodearte en esa incondicionalidad?

-Si de algo estuve consciente es que en ninguno de esos factores estos conveniente ni para el ego, ni para el negocio ni para nada. Nosotros somos una partícula de arena, comparados con Spotify. Pero no podemos seguir toda la vida dependiendo de que la gente nos ponga en el lugar en que se le da la gana. ¿Sabés las ganas que tienen las compañías de discos de hacer su propio Spotify? ¿Por qué no hay un Spotify de las cuatro multinacionales? Porque no quieren pelearse con los otros, que hasta hace doce años eran piratas y hoy son los que dominan la industria, que hoy huele a urgencias financieras y a canciones que le dejan muy poco al azar. Para tener éxito, tenés que transitar siempre los mismos conductos. La idea de nuestra plataforma es una rebeldía loca. No va por ningún otro lado que tenga que ver con el ego ni por crear un gueto. Sí lo pensamos con la idea de crear una especie de familia a la que podes atender mejor. Pero, ¿sabés los lugares que dejamos de ocupar por haber hecho eso?

"La más grande de mis excentricidades, hoy, es hacer y escribir lo que me da la gana. Es mi mayor lujo. Algunos se compran un Lamborghini; yo hago lo que me da la gana."

-¿Te cerró puertas?

-¡Claro! Muchísimas. ¡No te imaginas cuántas! Hay quienes nos preguntan si no lo sabíamos. Claro que lo sabíamos. Pero ese es otro de los lujos que me puedo dar. Hacerlo un poco por gusto, volverme un poco revolucionario en este asunto. Llevar un poco la contra, ¡mierda!, es divertido. Te saca un poco de la ingrata costumbre. Los métodos tradicionales de hoy están todos escritos. No hay nada que se haya podido inventar. Entonces, en el afán de no adherirnos a eso vamos por otro lado. Pero no es por el lado de enaltecer el ego. Es el lado más difícil, con el que soñaría Sony, pero que no lo puede hacer si no se le unen los otros. Creés que no sabemos que salir por una plataforma de las grandes, con un lanzamiento bien manejado, genera por lo menos tres millones mas de reproducciones. Pero sería seguir por el camino de siempre. Intentar una alternativa, jugar a otra cosa, hoy se me hace divertido. Quizá porque porque no perdí la rebeldía de mis tiempos de estudiante, porque sigo siendo el mismo muchacho de barrio que por más que pudo haber logrado cosas se sigue robando el champú de los hoteles... Me gusta, me hace sentir vivo. Para la industria, es una rebeldía absolutamente insensata. Pero a mí me mantiene despierto.

Días de pandemia: improvisar es la tarea​

Con Negro también terminado, sin conciertos, sin giras y sin un desenlace inmediato a la vista de la situación provocada por el coronavirus, Ricardo Arjona confiesa tener "el culo cuadriculado de tanto leer y de tanto escribir". "Corro por las tardes para que la circulación no me ponga en pausa", dice, y destaca el ejercicio cotidiano de improvisación que practica en lo personal y también en lo laboral.

"No podés pasarte toda la vida echando la culpa de lo que te pasa, porque entonces nunca vas a corregir las estupideces que estás cometiendo. Yo podría haber dicho: 'El virus me mató el proyecto en el que trabajé tanto.' Pero no. Teníamos que ponernos creativos de verdad, y eso fue exactamente lo que hicimos"

De esa práctica, explica, surgió el particular formato del lanzamiento de Blanco. "Lo que se hizo en redes, los videos, son el resultado de la tarea de un grupito de locos que se puso a trabajar en eso porque no les quedó otra". El artista cuenta también que la galería virtual que aparece en su plataforma no es sino la versión digital de una exposición itinerante de fotos de su compatriota Luis González Palma, que estaba destinada a acompañar la presentación del disco, en combo con un libro, por America Latina y España.

"Ese era el plan que teníamos en marzo, hasta que este virus de mierda vino y nos lo cambió todo. Entonces, no nos quedó otra que empezar a improvisar. O llorábamos y empezábamos a sufrir. Quejarse no viene bien. No podés pasarte toda la vida echando la culpa de lo que te pasa, porque entonces nunca vas a corregir las estupideces que estás cometiendo. Yo podría haber dicho: 'El virus me mató el proyecto en el que trabajé tanto.' Pero no. Teníamos que ponernos creativos de verdad, y eso fue exactamente lo que hicimos", monologa Arjona.

Homenaje sin golpes bajos, los miedos y el deportista que no fue

-Le dedicaste la canción Ella baila sola a Verónica Luque, la chica argentina a la que visitaste mientras luchaba contra el cáncer, y que finalmente murió en abril de 2019. ¿No temiste que fuera tomada como un golpe bajo que buscaba aprovecharse de la situación? 

-Sin duda estuvo presente eso. Primero dudé en si grabarla o no, y en si ponerla en el disco o no. Pero el caso de Verónica fue mas fuerte que yo. A mí me afectó directamente lo que le pasó, y no se trató de la ráfaga del momento en que la visité. Hubo lecciones de guitarra que siguieron, un contacto posterior durante el cual me fui enterando de lo que iba pasado con ella cuando ya parecía que se había recuperado y volvió a recaer. Era un personaje inmensamente emblemático para mí, porque he tenido gente muy cerca que se ha derrumbado. Y llegué a compararla con el asunto de mi padre.

-¿A qué te referís?

-Mi padre uno de los hombres más competitivos que conocí en mi vida. Inmensamente competitivo. Yo también lo soy. Y me di cuenta de que cuando uno es inmensamente competitivo y te enfrentás con alguien que sabés que te va a ganar, te das por vencido enseguida. Fíjate qué increíble. A mí no me gusta perder al tenis, pero si voy a jugar con Federer, lo más probable es que no vaya a terminar el partido. Me retiro al carajo. ¡Que se joda, yo me voy! Mi padre perdió una batalla contra el cáncer. Y no es que la haya podido ganar, pero pudo haberle sacado varios años más. Pero quiso perder rápido. Entonces, para mí Verónica fue tremendamente emblemática, porque ella entró y salió de la enfermedad. La fortaleza que tenía era algo extraordinario. Pero la canción nació sin pensar en ella. Los primeros versos no tenían que ver con Verónica, que apareció cuando estaba a punto de abordar el estribillo. Decidí grabarla después de consultarlo con su mamá, y sé perfectamente el riesgo que una canción de este tipo conlleva. Pero creo que no es melosa, sino que narra una historia muy general acerca de alguien que es como un emblema de lucha.

-¿A qué le tenés miedo?

-Le tengo mucho miedo a mi cabeza. Mucho miedo, de verdad. Porque no he conocido nada, ni nadie que pueda jugarme peor que ella. Le pasa a casi todo el mundo. Pero no todo el mundo lo identifica como un miedo, ni como un perverso que va por dentro. Le tengo mucho miedo a ese otro yo hijo de puta que llevamos dentro, que cuando le da por tratarte mal, lo logra. Por eso, trato de mantenerme lo suficientemente ocupado, para no darle ningún espacio para que salga a contarme cosas. Si no tenés cosas para hacer, le estás dando chance a la cabeza para que se ocupe de tí. Y creo que no hay que darle chance a la cabeza de que se ocupe de ti.

-Vos jugaste al basquet. ¿En qué posición lo hacías?

-A los 14 años, medía un metro y medio. Pero a los 15 me vinieron unos dolores infernales en los fémures. Era que me estaba estirando; a los 16 medía 1.80 y cuando cumplí 18, 1.88. Vivía en un país de gente no muy alta, lo que quería decir que con 1.94 era el Shaquille O’Neil de Guatemala. Sólo que como venía de ser el rapidito en el fútbol, no perdí la agilidad y eso me dio la facultad de jugar prácticamente de todo. Hasta de armador. 

-¿Por qué dejaste de jugar?

-Jugué un par de torneos internacionales, había ganado el récord de la mayor cantidad de puntos en un partido, en mi país, pero mi objetividad veía que mi camino como deportista no me daba ni siquiera para ser titular en una universidad. Y cuando descubrí que la NBA estaba para mí más lejos que el sol, me dije que no era por ahí.

-Abandonaste, como con Federer.

-Algo de eso. Y lo dejé completamente.

"Mi objetividad veía que mi camino como deportista no me daba ni siquiera para ser titular en una universidad. Y cuando descubrí que la NBA estaba para mí más lejos que el sol, me dije que no era por ahí."

-¿Ahora jugás a algo?

-Juego al tenis, al rugby, a cualquier cosa... En casa, cuando me ven un poquito estresado, me ponen la raqueta de tenis, a correr o a hacer algo. Sudar, para mí es una manera de canalizar un montón de cosas. Si no, exploto.

Y al final, no hay nada mejor que casa

-¿Cuánto más estás compartiendo con tu familia en estos meses de encierro?

-Mucho más. Nos ha venido más que bien. Estar cinco meses en mi casa es algo que nunca pasaba. Mi mujer se ha de estar volviendo loca por que vaya a hacer alguna promoción de radio... ¡En Luxemburgo! Porque también se da eso. Te acostumbrás a ese noviazgo de irte 15 días y regresar como novio cariñoso, y luego te volvés a ir. Entonces, cuando te quedas cinco meses en su casa es como una rutina.

-Me darías un gran título si me dijeras que durante la cuarentena te aburriste de tu esposa.

-¡No, no me aburrí! Disfruto mucho mi casa. Y ahora, teniendo a Ricardo viviendo acá... Con Adria hablé antes de que empezáramos la entrevista. Son como un cable a tierra que me ha venido bastante bien. Tenemos que aprender a sacarle las cosas buenas a esta mierda que estamos pasando. El hecho de darte cuenta de que había cosas que no sabías que existían, de improvisar en espacios cortos, de poder aferrarte a un libro. Hemos ido mucho más para adentro, algo que no está tan mal. Y hemos aprendido a apreciar las grandes cosas que teníamos y que dábamos por sentadas. Lo bueno, quizá porque lo heredé de mi padre, es que nunca dejó de sorprenderme la maravilla. 

-En el tema El amor que me tenía hay una referencia muy directa al libro Cien años de soledad. ¿Es una forma de provocación? ¿De mostrar que no hay que ser un 'artista de culto' para unir la literatura con la canción?

-Esa canción, en lo personal, me parece de las más logradas del disco. Si tuviese que arreglar cosas con afán de ocupar espacios, tendría que haberle cambiado el primer verso, porque quien no leyó Cien años... no sabe de qué estoy hablando. Tendrán que imaginarse cosas. Macondo, Arcadio Buendía… ¿Qué es eso? ¿Está saludando?

-Pero no lo hiciste.

-Es que lo que me pasó a mí con Gabriel García Márquez es muy interesante. Porque yo era vecino de Gabo, en México, y sin embargo fui a buscarlo a Aracataca. Me fui con un poeta y un amigo pintor, en una avioneta con la que casi nos matamos. Fui a la línea del ferrocarril, vi las piedras como huevos de dinosaurios, vi llover en Macondo. Algunos amigos me preguntaban qué carajo hacía yendo hasta allá, si él vivía a una cuadra de casa, en México. Una vez, Rigoberta Menchú me llamó desde su casa, para que fuera a conocerlo, y a buscar un libro que me había dedicado. Pero nunca quise hacerlo; tal vez por la misma admiración que le tenía. Entonces, en ese verso hay mucha cosa, una gran carga simbólica. No es para ponerme interesante y mostrar que leí Cien años de soledad. Es mucho más que eso.

La historia de Hongos

El "conflicto" con Dan Warner y la trágica muerte del productor

De julio de 2019 a éste que acaba de terminar, el panorama del mundo cambió bastante, y los versos que abren Hongos - "¿Quién le dio los hongos al dios que nos hizo? ¿Quién me da respuestas para este misterio?"- aplican a la perfección a los días que corren. Pero hay algo que va más allá de su letra, y que marca especialmente la historia del primer adelanto de Blanco.

"Yo había quedado fascinado con el sonido de Hongos, después de aquella primera sesión en la que sacamos el 'click' y la voz guía. Después me fui a Guatemala, donde tengo un estudio en el que iba meter las voces, y lo primero que me mandó Dan fueron las guitarras, todas cambiadas, con una mezcla muy depurada. ¡Me quería morir!", cuenta Arjona. 

-No entendió la idea.

-No. Y empezó un conflicto fantástico con él. "Dan, viajamos Londres, fuimos a Abbey Road, grabamos con estos muchachos, y me estás poniendo todo como si hubiéramos grabado en Criteria, en Miami. No. Yo quiero que me pongas todo el asunto tal cual. Si no, se lo pido a Martín", le dije. No quería que me cambiaran las guitarras, porque en aquella grabación estaban el mundo de Dan y el del guitarrista inglés, un tipo de 65 años con un sonido que me tenía loco.

-¿Cómo terminó el enfrentamiento?

-Esa batalla entre Dan Warner y este servidor, la gané yo. Luego, otra de las riñas con él fue que la maqueta tenía una guitarra que no la pudo volver a tocar igual en Abbey Road. Luego, trató de hacerla aquí 18 veces aquí y tampoco lo logró. Lo que sucedió es que originalmente yo había cantado el tema en un tono más abajo, y cuando estábamos maqueteando él la mandó así. Después, pensé que la canción tomaría más fuerza si le subía un tono, le pedí a Dan que se lo subiera a esa guitarra con el 'plugin' del Protools y me enamoré de cómo quedó. Pero para él eso era inconcebible. Hasta que finalmente le dije: “Maestro, vas a tener que meter la guitarra de la maqueta”. Entonces, el 4 de setiembre, tipo 10 de la noche, me llegó un mail con el mp3 de esa guitarra. "Ok. Buenísimo, la tenemos", dije. Lo que pasó después fue que Dan salió de su estudio, en Florida, y fue a un bar a escuchar una banda de reggae que a él le gustaba mucho. Como lo reconocieron, lo hicieron subir a tocar con ellos. Subió, tocó, bajó, se sentó, le dieron una cerveza y cayó fulminado por un ataque al corazón. Fue tremendo. Por todo lo que significaba emocionalmente. Él fue quien me había empujado a hacer Blanco y Negro. Finalmente, una semana más tarde, algo recuperado de un golpe del que nunca te puedes recuperar, escuché el mp3, y descubrí que me había engañado. ¡Se había imitado a sí mismo con la guitarra de un modo increíble! Pero al final, con todas las imperfecciones, como un homenaje a él, decidí poner la guitarra de la maqueta. Por eso, Hongos tiene muchos simbolismo dentro del disco.

E.S.