Violencia racial: el desmembramiento de Estados Unidos

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La primera vez que vi la película fue durante el período de encierro. Al principio era divertido que la pareja jugueteara ante su primer plato en el restaurante y se preguntara

por qué se habrían evitado entre ellas hasta ese momento.

Minutos después de salir del establecimiento empezaban los problemas. La película, titulada "Queen & Slim", es la historia de amor de dos personas estadounidenses negras atraídas entre sí por la tragedia incluso antes de que su historia de amor comience.

Queen (Jodie Turner-Smith) y Slim (Daniel Kaluuya) vuelven a casa en auto luego de una cita juntos cuando un oficial de policía blanco les hace señas para que bajen del coche debido a una infracción de tráfico menor. En una atmósfera tensa, cargada de racismo, el policía blanco le dispara a Queen cuando ella trata de salir del asiento del acompañante y la hiere en la pierna.

Slim, que ya ha sido fichado y está siendo cacheado detrás del coche por el oficial, teme que su compañera de cita pueda haber recibido un disparo mortal. Se abalanza sobre el policía, cuya pistola cae en el acto. Slim captura el arma primero y mientras intenta incorporarse le pega un tiro al policía blanco que minutos después muere en un charco de su propia sangre.

Azu Ishiekwene es editor jefe de la revista The Interview.

Azu Ishiekwene es editor jefe de la revista The Interview.

¿Qué es lo que sigue? Inmediatamente, en el living de mi casa estalla una discusión, como bien puede haber ocurrido en muchas casas de todo el mundo en las que se vio esta horrible escena.

Yo dije que lo que correspondía era que Slim llamara a la policía e informara inmediatamente lo que había pasado. Él había actuado movido por el miedo, con pánico durante la pelea, sin intención de matar. Pero una vez que transcurre la acción, todo el peso del incidente lo deja golpeado y confundido.

La compañera, Queen, abogada negra que ya sangraba por el disparo, le pide a Slim que se levante del suelo y suba al coche para poder escapar rápidamente. Yo pensé que eso estaba mal y le grité a Slim que llamara a la policía, como si él pudiera oírme.

"Suficiente", reza el cartel que lleva una manifestante en Varsovia, Polonia, frente a la embajada de Estados Unidos, en el marco de las marchas contra la violencia policial y el racismo. /EFE

"Suficiente", reza el cartel que lleva una manifestante en Varsovia, Polonia, frente a la embajada de Estados Unidos, en el marco de las marchas contra la violencia policial y el racismo. /EFE

Mi hijo de 26 años replicó que no creía que Slim debiera informar nada. ¿Por qué?, exclamé volviéndome hacia él, desconcertado. Porque un negro en su situación, en Estados Unidos, podría no salir vivo de esa coyuntura si llama de inmediato a la policía. Y no sólo él, sino que también su compañera herida tendría suerte de salir viva de esa escena una vez que llegara la policía.

Al final de la película -un relato sobre el vivir en peligro, la aventura, el amor, el heroísmo fatal y la traición- no te queda duda alguna de que en Estados Unidos el racismo​ sigue vivo, en buenas condiciones y prosperando.

Aunque al principio del film en el extremo receptor de la bala accidental hay un policía blanco, para cuando termina, "Queen & Slim" resulta ser tan solo sólo una versión modificada de lo que el mundo presenció en las calles de Minneapolis, Minnesota, la semana pasada.

Se trata de una narrativa que ha borrado toda distinción entre ficción y realidad; una narrativa colmada de adaptaciones cinematográficas como Matar a un ruiseñor, producida mucho antes de que "Queen & Slim" se concibiese.

En Denver, Colorado, los manifestantes llevaron remeras y barbijos recordando a George Floyd y su frase "no puedo respirar". /AFP

En Denver, Colorado, los manifestantes llevaron remeras y barbijos recordando a George Floyd y su frase "no puedo respirar". /AFP

En Estados Unidos​, la vida imita a las películas. Y en Hollywood, la vida de los negros y las minorías imita a las películas de una manera tan espantosamente real que a veces es difícil distinguir la vida de las películas o las películas de la vida.

Mientras miraba el video de George Floyd​ esposado y Derek Chauvin clavándole la rodilla en el cuello y que la vida de Floyd se extinguía mientras él suplicaba por respirar, entendí por qué Queen insta a su compañero a huir de la escena del crimen en la película, cuando claramente no era lo que se debía hacer. En EE.UU. parece que si sos negro tu vida no importa.

Y ver al presidente Donald Trump​ salir el lunes del búnker de la Casa Blanca, nada más que para desplegar la Guardia Nacional a fin de echar gas lacrimógeno a los manifestantes de modo de suscitar una sesión fotográfica con una biblia prestada frente a la Iglesia Episcopal St. John's en la Casa Blanca, trasmite el mensaje involuntario de que Floyd no será la última víctima de la intolerancia racial en EE.UU.

Pensemos, por un momento, que pasaría ahora si Floyd hubiese sido blanco, el oficial de policía negro y Barack Obama​ todavía presidente.

Después de una sola frase inicial de remordimiento por Floyd, el presidente Trump habló mucho sobre la ley y el orden, sobre anarquistas profesionales, turbas violentas, incendiarios, saqueadores, alborotadores ambulantes, antifascistas y demás. Se podía ver bien que su discurso estaba exactamente donde estaba su corazón: junto a su base blanca y derechista.

Trump incluso retrocedió en el tiempo 213 años para invocar el acto de insurrección que desplegó la Guardia Nacional, cuando los otros tres cómplices del asesinato de Floyd todavía no habían sido acusados. El EE.UU. de Trump es peor que todo lo que yo haya visto en una república bananera. Con él, promete ser peor. Si antes Estados Unidos vivió el racismo entre susurros y simulaciones, la presidencia de Trump lo expone a la vista de todos y está doblando la apuesta.

Si las escenas de las ciudades de EE.UU. de los últimos días hubieran correspondido a Venezuela, Papúa Nueva Guinea o algún rincón de África, un sector de la prensa estadounidense habría tenido mucho que decir, con vastos minutos de imágenes sobre cómo la mala dirigencia, las violaciones de los derechos humanos y la brutalidad policial ponían de rodillas al país en cuestión. Internet se hubiera inundado de memes de la Estatua de la Libertad en lágrimas.

Incluso un grupo bipartidario de legisladores estadounidenses habría propuesto un proyecto de ley para la revisión de la relación de EE.UU. con ese país, mientras que en el Capitolio resonarían terribles advertencias sobre represalias estadounidenses. La hipocresía estadounidense puede ser impaciente e implacable, excepto cuando Estados Unidos es el protagonista en cuestión, como ha sucedido en estos últimos días.

Nacionalismo y xenofobia

Desde luego, Nigeria también ha pasado por sus propios momentos de vergüenza en los últimos días. La muerte absurda de Justina Ezekwe, de 17 años, a manos de la policía, la violación y asesinato de la estudiante Vera Uwaila Omosuwa en una iglesia donde estudiaba y los continuos informes de asesinatos generalizados en Kajuru, al sur de Kaduna, de manera casi indiferente, mientras el gobierno parece ser un espectador, son hechos verdaderamente desgarradores.

BLM, las iniciales del movimiento Black Lives Matter (las vidas negras importan), en una bandera de Estados Unidos, en el marco de las protestas de este sábado en Washington. /AFP

BLM, las iniciales del movimiento Black Lives Matter (las vidas negras importan), en una bandera de Estados Unidos, en el marco de las protestas de este sábado en Washington. /AFP

Tales incidentes son un oprobio, una mancha continua en el historial del presidente Muhammadu Buhari, cuya principal proclamación cuando se postulaba a la presidencia fue la promesa de resolver la inseguridad.

No podemos acostumbrarnos a las muertes violentas y los asesinatos sin sentido como a algo normal. Donde quiera que eso ocurra, el mundo debería indignarse con todo derecho, especialmente cuando los elegidos para proteger a los ciudadanos son cómplices.

A partir del reciente giro de los acontecimientos en EE.UU., Trump parece estar adquiriendo una notoriedad excepcional por avivar las llamas en una creciente racha suicida que vuelve inútil cualquier equivalencia moral. Puede que el mundo se haya reído de él e incluso lo haya ignorado por excéntrico, pero ahora realmente debe preocuparse.

Debe preocuparse porque el ascenso de Trump apoyado y sostenido por peligrosos multimillonarios de derecha y sus intereses mediáticos está afectando no sólo a EE.UU., sino también creando zonas fértiles de reproducción en otras partes del mundo.

En Europa, el húngaro Viktor Orbán excita a sus bases tratando a los inmigrantes como virus, mientras que en Gran Bretaña un remanente del orden institucional logró, aun en la derrota, evitar a la turba del Brexit dirigida por Nigel Farage y el primer ministro Boris Johnsonun peligroso frenesí de nacionalismo y xenofobia.

Gracias a la Trump-mielitis, los presidentes Rodrigo Duterte ​de Filipinas y Jair Bolsonaro de Brasil están poniendo a prueba los límites de la democracia, lo cual, sin embargo, no importaría si no lo hicieran a expensas de las libertades individuales y de la vida de los ciudadanos. ¿Pero quién puede cuestionarlos ahora, cuando EE.UU., la civilización en la colina, se ha convertido en un ejemplo espectacularmente malo?

Con las calles de EE.UU. más militarizadas que las de China durante los sucesos de la Plaza de Tiananmen, Trump puede también terminar lo que empezó dejando deambular las tropas hasta después de las elecciones de noviembre. De esta manera, podría estar seguro de volver a ganar sin que Rusia entre siquiera remotamente en el cuadro.

Así, el primer ministro de Canadá Justin Trudeau ​sabría que sus vecinos al suracaban de intercambiar lugares con Kim Jong-Un, que "Queen & Slim" puede ganar un Oscar y que todas las pretensiones de que EE.UU. sea una democracia estarían muy bien y verdaderamente acabadas.

Por Azu Ishiekwene, director y editor en jefe de The Interview

Traducción: Román García Azcárate