Coronavirus en Venezuela: el acecho de la quiebra económica supera el temor al contagio

Internacionales
Lectura

La pandemia de coronavirus acecha en Venezuela y la cuarentena obliga a mantener cerrados sus comercios. Pero la amenaza del hambre es más fuerte y muchos se arriesgan

a abrir las puertas de sus negocios, a escondidas, para evitar que la crisis económica que arrastran desde hace años termine por empujarlos a un precipicio.

La floristería de Teresa -un nombre ficticio, porque no quiso decir el verdadero-, ubicada en el acomodado barrio caraqueño de Chacao, tiene la puerta entreabierta. Por la disimulada entrada, acceden tres empleados volviendo la mirada sobre sus pasos, vigilantes y temerosos a posibles sanciones por desafiar las restricciones de movilización ordenadas por el gobierno de Nicolás Maduro y que llevan ya siete semanas.

"Uno sigue pagando empleados, uno paga aseo, luz, uno sigue pagando los servicios (y) el poco dinero que había quedado en la cuenta de la compañía se fue pagando ese tipo de cosas", dijo Teresa a la agencia EFE.

No existen cifras oficiales acerca de los comercios que burlan la cuarentena en Venezuela, donde solo se permite, por ahora, la apertura de supermercados y farmacias, y en horarios regulados, pero las necesidades básicas obligan al resto de comerciantes a ingeniárselas para sobrevivir.

Qué es el CoronavirusCómo se contagia y cómo son sus síntomas

Mirá el especial

Igual que la florista, cientos de propietarios de pequeños negocios parecen temer más a la quiebra económica que al contagio por COVID-19 y a posibles sanciones, por lo que han comenzado a abrir, a medias, las puertas de sus comercios.

"Llega un momento en que uno no aguanta, el comerciante no aguanta (por las pérdidas)", argumenta Teresa.

En la floristería se retomaron las labores hace una semana, cuando el dinero escaseó y no se podían garantizar los salarios de los empleados ni la subsistencia de la empresa, en la que, desde hace años, los vecinos de Chacao compran desde flores hasta pinos, plantas o helechos.

"El primer lunes que nosotros abrimos, teníamos la santamaría (puerta) a la mitad, y llegó la policía porque no teníamos permiso de trabajar. Se les dijo una mentira, que habíamos abierto para fumigar y regar las plantas. El policía se fue y no volvió más", dijo a EFE la propietaria de la floristería, que tampoco quiere que se difunda el nombre del local.

Teresa entiende los riesgos para la salud y toma precauciones. Nadie ingresa al local sin guantes o mascarillas. Y al llegar a su casa, se ducha minuciosamente antes de tener contacto con sus hijos.

Un trabajador repara una llanta de una moto en un taller en Caracas, en medio de la cuarentena. /EFE

Un trabajador repara una llanta de una moto en un taller en Caracas, en medio de la cuarentena. /EFE

Pero contra una posible sanción gubernamental, se queda sin defensas ni argumentos. Es consciente de que algo así la llevaría a un drama inevitable.

"Si nos llegaran a sancionar se cerraría el local, y lo poco que se hizo no alcanzará para pagar la multa. Es un riesgo que toma el comerciante", precisó la florista.

A pedido de los clientes

Cerca de la floristería, tres hombres comparten el espacio de un taller de artículos de línea blanca.

Usan guantes y mascarillas. Desinfectan con alcohol las manos de todos los que se acercan a solicitar presupuestos para reparar hornos microondas o lavadoras.

El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, en una videoconferencia con sus ministros, este viernes en el palacio presidencial de Miraflores. /EFE

El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, en una videoconferencia con sus ministros, este viernes en el palacio presidencial de Miraflores. /EFE

Ramón, nombre ficticio del hombre que regentea el local, desarma la vieja licuadora de un "cliente fijo", como llaman en Venezuela a quienes rinden fidelidad a marcas o prestadores de servicios.

"Nosotros estuvimos 40 días cerrados, pero muchos clientes tenían mi teléfono personal y me decían, ¿cuándo vas a abrir? Necesito una cuchilla, una lavadora, porque somos servicio", explicó a EFE el hombre de 59 años bajo condición de anonimato.

"Debido a esa gran demanda, nosotros decidimos (trabajar) un par de horas en las mañanas para resolver este problema", agregó antes de aclarar que cree en el método de la cuarentena para evitar con la propagación de contagios.

"Pero hay necesidades", precisó Ramón.

Un local de iluminación, con la persiana abierta a medias, en Caracas, en un velado desafío a la cuarentena. /EFE

Un local de iluminación, con la persiana abierta a medias, en Caracas, en un velado desafío a la cuarentena. /EFE

Estado crítico

En Venezuela, 333 personas se han contagiado del nuevo coronavirus, de las cuales 10 han muerto.

Enfermarse y llevar el virus a casa es una de las principales preocupaciones que ahora tiene uno de los socios de una pequeña ferretería de Guatire, una ciudad satélite a 40 minutos de Caracas.

Pero el hombre, igual que los otros comerciantes, teme más la quiebra de su negocio que al virus y abre cada mañana el local, enclavado en una zona que a finales de la década de los años 1990 se construyó para seducir a la clase media caraqueña y aliviar la sobrepoblación de la capital venezolana, aunque ahora la mayoría de sus residentes batalla contra la pobreza.

"En la casa no genero nada, y aquí se paga condominio, se paga alquiler", dijo a EFE el ferretero de 42 años.

Trabaja solo, pues los empleados no pueden llegar por las fallas en el transporte público, que se agudizaron por la escasez de gasolina que sufre el país, pese a sus vastas reservas de petróleo.

"Esto está en estado crítico, por el suelo", dijo sobre las ventas al reconocer que los venezolanos prefieren comprar alimentos o pagar servicios básicos antes que gastar en herramientas o grifos.

Pero Gabriel seguirá abriendo cada mañana su local, igual que lo hacen en su misma calle un taller mecánico y un autolavado, pese a la poca demanda que ahora tienen en el país caribeño estos servicios. Es la única forma de sobrevivir y aminorar el impacto de la crisis en sus negocios y sus hogares.

Por Ron González, EFE