Coronavirus en África: las previsiones apocalípticas que despiertan dudas y polémica

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En uno de sus bestsellers, El Zahir, Paulo Coelho dice que hay dos grandes problemas en la vida: saber cuándo empezar y saber cuándo parar.

Si,

En uno de sus bestsellers, El Zahir, Paulo Coelho dice que hay dos grandes problemas en la vida: saber cuándo empezar y saber cuándo parar.

Si,

por ejemplo, Nigeria hubiera cerrado sus fronteras anticipadamente e impuesto una cuarentena a todos los nigerianos que regresaban, sean quienes fueren, las cosas podrían ser diferentes hoy. Estoy seguro de que muchos otros también dirían lo mismo de sus propios países.

Sin embargo, entre saber cuándo empezar y cuándo parar, un organismo de las Naciones Unidas, que debería ayudar a África a encontrar su camino para salir de la crisis actual, está dando cifras sobre COVID-19 que sólo pueden agravar la desgraciada situación colectiva del continente.

África no es un país. Sin embargo, el pronóstico de ese organismo es una parábola acerca de que incluso las instituciones que se supone que deben servir al continente no son inmunes a los prejuicios sobre la forma en que Occidente trata al continente como un país. También es un recordatorio de que los africanos pueden tratarse peor entre ellos mismos, y de hecho lo hacen, incluso sin la ayuda de extraños.

¿Cómo llegó la Comisión Económica para África de la ONU (ACE por sus siglas en inglés) a sus apocalípticas cifras respecto de un continente de 58 países y una población de 600 a 750 millones de personas, con todos sus matices, su diversidad y complejidad, sin proporcionar detalles país por país de cómo podría materializarse su pronóstico?

Cuando expertos de Estados Unidos predijeron que podían morir entre 200.000 y 1,7 millones de personas a causa del coronavirus, en gran medida se basaron en 1) el impacto y el perfil de epidemias anteriores, especialmente las virales; 2) la rapidez y eficacia con que las personas responden a las precauciones, se ajustan a ellas y las reiteran, y 3) la capacidad del sistema de atención médica para responder a la crisis en curso.

Los pronósticos del Reino Unido (donde inicialmente se predijeron 500.000 muertes) y otros lugares también siguieron pautas de modelización similares a las de EE.UU., pero ni las proyecciones de Estados Unidos ni las de Gran Bretaña indicaron un impacto uniforme en los distintos países. No existe un modelo europeo, norteamericano ni asiático.

Dos carteles indican que ahora son obligatorias las máscaras contra el coronavirus, en Harare, Zimbabwe, este sábado. /EFE

Dos carteles indican que ahora son obligatorias las máscaras contra el coronavirus, en Harare, Zimbabwe, este sábado. /EFE

Otras enfermedades 

No obstante, hemos visto que incluso estos "pronósticos informados" eran exagerados. Intencionalmente o no, las previsiones también ayudaron a los países involucrados a ganar tiempo para fortalecer sus sistemas de atención de la salud, manteniendo al mismo tiempo a los segmentos de población más extensos y vulnerables de la población en el buen camino.

Eso, evidentemente, es lo que la EPA quiso hacer con África: lanzar una advertencia de que no se puede tratar con ligereza un virus que el mundo aún no ha comprendido plenamente, y mucho menos dominado.

Pero la comisión metió la pata y no estamos obligados a dejarnos llevar de las narices. Su informe "COVID-19 en África: Protección de vidas y economías" mostró poco respeto por la diversidad del continente y las pruebas sobre cómo llegó a sus conclusiones de largo alcance, al menos para las potenciales zonas de peligro. Sin embargo, se trata de la misma comisión que debería haber estado en primera línea con pruebas basadas en hechos, utilizando el planteamiento original sobre cómo ayudar al continente a encontrar su salida.

A no dudarlo, el informe pone de relieve las graves deficiencias de los sistemas de atención de la salud en todo el continente, que ya conocemos.

Destaca el frágil estado de las economías, el peligro que supone la pandemia e indica que el crecimiento del continente no sólo podría disminuir en casi un 2,6%, sino que África también podría necesitar 200.000 millones de dólares (para sus sistemas de atención sanitaria y previsión) a fin de tapar el agujero. Una vez más, nada sorprendente.

Dos veterinarios alimentan a un elefante este viernes en el zoológico de Johannesburg, en Sudáfrica, mientras el país empieza flexibilizar la cuarentena. /AP

Dos veterinarios alimentan a un elefante este viernes en el zoológico de Johannesburg, en Sudáfrica, mientras el país empieza flexibilizar la cuarentena. /AP

Nos recuerda que grandes segmentos de la población del continente residen en zonas urbanas superpobladas, lo que aumenta el riesgo de transmisión, y añade que la pobreza general combinada con el escaso acceso a la infraestructura sanitaria básica y una cadena mundial de suministros médicos rota, podría hacer del continente la capital mundial del COVID-19.

¿Puede ser? Improbable. África no es un país. Según la OMS, las enfermedades parasitarias y transmitidas por vectores, la diarrea, las infecciones de las vías respiratorias inferiores, el VIH y las cardiopatías isquémicas se cobran tres millones de vidas africanas cada año. Si la ACE considera que el coronavirus por sí solo mataría a más africanos que las fuerzas conjuntas de estos cinco principales padecimientos mortíferos, es de vital importancia que nos muestre datos específicos de cada país respecto de cómo sucedería esto, por lo menos en los puntos neurálgicos.

Es difícil encontrar datos confiables sobre el continente, pero no imposible. La publicación quincenal de medicina Journal of Infectious Diseases (Universidad de Oxford) señalaba en su edición de septiembre de 2015: "Muchos países africanos tienen centros de control sanitario y demográfico donde se registran los nacimientos y las muertes". Esos datos, por ejemplo, podrían haber sido un punto de partida.

Trabajadores de la salud protestan en un hospital de Soweto, en Sudáfrica, en reclamo de más insumos para la seguridad de los médicos y enfermeros. /AP

Trabajadores de la salud protestan en un hospital de Soweto, en Sudáfrica, en reclamo de más insumos para la seguridad de los médicos y enfermeros. /AP

No basta con una imagen única, porque por muy difíciles que sean las cosas, sigue habiendo diferencias en las actitudes, el perfil de la enfermedad y la forma de gobernar de un país a otro, que pueden afectar significativamente los resultados.

Resulta elocuente que aunque el informe de la comisión afirme que las condiciones preexistentes en África son peores que en cualquier otro continente, e incluso identifique el VIH como un problema grave en el sur de África, por ejemplo, todavía no entienda que ese perfil "localizado" haya vuelto más imperiosa la necesidad de datos específicos de cada país. El continente no puede ser rehén del escenario apocalíptico que plantea la ECA simplemente porque la modelización de la mortalidad "se haya puesto de moda".

Diferencias por países

Es interesante que aproximadamente al mismo tiempo que la ECA emitía su informe de 48 páginas, la situación en algunos de los países más poblados del continente no mostrara ninguna divergencia significativa en la relación entre las muertes informadas/confirmadas y las registradas en tales países, y qué se está registrando en otras partes del mundo.

Al 21 de abril, Nigeria y Etiopía, cuyas poblaciones sumadas representan aproximadamente la mitad de la del continente y que también tienen una significativa población urbana pobre, sólo habían registrado 665 y 114 casos confirmados respectivamente, con 25 muertes en conjunto, muy por debajo de la media mundial actual del 3% al 4%, con tasas de recuperación impresionantes en ambos países.

Sudáfrica y Kenia, que no sólo figuran entre los 10 países más poblados del continente sino que también están razonablemente integradas a la cadena mundial de suministros, hasta ahora han logrado contener la propagación del virus con un total de 3.761 casos confirmados (en su mayoría procedentes de Sudáfrica), 72 muertes y 1.127 recuperaciones al 21 de abril.

Un empleado del Ministerio de Salud de Kenia toma muestras de coronavirus a un grupo de voluntarios en el popular mercado de Kawangware, en Nairobi. /AFP

Un empleado del Ministerio de Salud de Kenia toma muestras de coronavirus a un grupo de voluntarios en el popular mercado de Kawangware, en Nairobi. /AFP

Asimismo, y hasta la misma fecha, el sitio de información y debate Africanarguments.org dijo que el total de casos confirmados en África era de 23.720; recuperaciones, 6.159; y muertes, 1.162.

Egipto, Marruecos y Argelia, que según el informe tienen zonas urbanas menos pobladas y por lo tanto son potencialmente menos vulnerables, constituyen más del 45 por ciento de los casos confirmados en África al 21 de abril, con una mortalidad superior a la media. Precisamente por eso, un informe que no logra proporcionar la base para un escenario con los peores casos para los puntos de mayor riesgo del continente es, francamente, irresponsable.

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No se debe malinterpretarme. Sé que todavía es pronto y que, según cómo se aborde la pandemia, en algunos países las cosas podrían ponerse fieras, y Nigeria sigue siendo un país que preocupa.

Tampoco estoy sugiriendo, ni por un momento, que se haya cumplido con los deberes en África, que lo peor ya ha pasado, ni que el desafío del COVID-19 no sea un peligro claro y presente para el continente. Es necesario mejorar la coordinación y el intercambio de información entre los países, como se ha sugerido en una carta abierta de algunos de los principales estudiosos del continente, entre ellos el profesor Wole Soyinka, premio Nobel de 1986.

Los centros de investigación, los científicos y las universidades también deben dar un paso adelante. Hace dos años la OMS realizó un simulacro de respuesta a "una pandemia mundial de gripe mortal" en el que participaron 40 países, entre ellos 10 de África. ¿Han servido de algo las enseñanzas de ese simulacro para ayudar a que los países respondan al COVID-19?

La gente merece más de la ECA. Yo sencillamente me niego a aceptar datos que tratan al continente como un solo país únicamente porque esos datos proceden de expertos que suponen que no se los va a cuestionar.

También es revelador que los países más pobres de África estén encontrando maneras de ayudarse a sí mismos por fuera de los modelos de bloqueo total que prevalecen en Europa, Estados Unidos y Asia. No podemos dejar que siempre otros hagan el esfuerzo por nosotros ni ser simplemente felices imitadores.

En Malawi, por ejemplo, agrupaciones de la sociedad civil le iniciaron juicio al gobierno la semana pasada y obtuvieron un fallo provisional que impide que las autoridades implementen un bloqueo total sin medidas concretas sobre cómo atender a los más débiles y vulnerables, que pueden morir de hambre más que por haber contraído el virus.

A medida que un mayor número de países de todo el mundo se embarca en pruebas agresivas y rápidas a la vez que moderan las restricciones, sería especialmente útil examinar medidas que el informe de la ECA apenas menciona y que podrían modificarse de un país a otro.

El uso obligatorio de máscaras faciales, una mayor transparencia en cuanto a los resultados de las pruebas en la comunidad, más información sobre cómo y dónde obtener ayuda por parte de quienes presentan síntomas, la redefinición y ampliación de los "servicios esenciales" para abarcar una mayor porciôn del sector informal (¡imaginen que el estado norteamericano de Texas incluyera las armerías como algo esencial!) pueden ayudar.

Además, los toques de queda inteligentes y las continuas restricciones a las grandes reuniones, mayor honestidad sobre lo que funciona, algo de humildad sobre lo que no funciona y lo que aún se desconoce, también podrían ser útiles en los días por venir.

Todavía falta un largo, largo camino y en vez de golpearnos la cabeza con datos apocalípticos, la ECA debería iluminarlo. Quizá no sea culpa de la comisión que el continente haya arrancado tarde, pero es hora de detener la modelización de la mortalidad que no se basa en pruebas específicas de cada país.

Por Azu Ishiekwene, The Interview

Traducción: Román García Azcárate