Coronavirus y crisis: ¿La hora del salvataje de las deudas de la periferia mundial?

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Uno de cada cinco países del mundo emergente entrarán en default en el futuro próximo, según anticipa el un análisis del JPMorgan. El banco tiene fundamento para sus predicciones. Es la

misma entidad que elabora el índice de riesgo país, el EMBI, Emerging Markets Bonds Index, muy citado en Argentina, que mide la diferencia que pagan los bonos del Tesoro de Estados Unidos contra el resto de los países. Se trata, en realidad, de la sobretasa que los gobiernos, con economías endebles, deben asumir para dotarse de créditos. Cuanto más frágil la estructura del deudor mayor es el costo de riesgo país. En Europa ese registro se hace contra el bond alemán.

Que un país entre en default, según las reglas en uso, implica en gran medida desaparecer. Los inversionistas los rehuirán y no habrá crédito, incluso con tasas de usura porque la fractura del compromiso de pago se extiende como un antecedente limitante. De modo que no se ahorra el dinero que iría a esos pagos ni tampoco sería posible generar esos fondos para el colchón nacional por el cierre de los mercados. Escapar de las deudas no resuelve el problema, más bien lo agrava. Por eso se requiere de un acuerdo. Este conflicto no es solo excluyente de los deudores, compromete también a los acreedores, particularmente cuando las bancarrotas se generalizan como sucedió con la crisis de la deuda en America latina en los '80 y entre los tigres asiáticos una década después, y como parece que ocurrirá ahora en la visión del JPMorgan.

En el inicio de aquellos años '80, en Argentina, Raúl Alfonsín buscó forzar ese acuerdo con la creación de un cartel de deudores. La iniciativa, mano a mano con su colega colombiano Jaime Lusinchi, y que tomó el nombre de Consenso de Cartagena, pretendía una solución al aluvión de deudas que los bancos habían regado por la región con el otro aluvión de los petrodólares. Pero el proyecto fracasó. Todo terminó con el plan Brady --por el ministro de Economía de EE.UU. Nicholas Brady--, que consistió en una reestructuración con recompra de bonos pero atada a una interminable serie de ajustes estructurales de muy dolorosa memoria.    

Hoy las cosas se presentan peores. En ese plano, una dimensión central de la pandemia es los cambios políticos que la crisis económica, agravada por la cesación de pagos y sus consecuencias de aislamiento, provocan en las sociedades afectadas. Como no se puede escapar del ajuste, por decisión o imposición de una realidad de escasez, hay un efecto político previsible de cuestionamiento al sistema de poder. Apostar a que los países que quiebren se hagan cargo de sus calamidades, como sostiene cierto extremismo ultraliberal, se ha probado ineficaz y peligroso. En las épocas muy recientes que el discurso norteamericano se centraba en la vidriosa guerra contra el terrorismo, hasta Colin Powell, el canciller que se hizo famoso a comienzos de la década pasada exhibiendo una botellita en la ONU como prueba de las inexistentes armas químicas de destrucción masiva de Irak y justificar así la invasión a ese país, llegó a sostener que “el terrorismo realmente brota en donde hay pobreza, desesperación y desesperanza, donde la gente no ve un futuro.”

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La jefa de Gobierno de Alemania, Angela Merkel. Un plan de salvataje paras tiempos extraordinarios. DPA

La jefa de Gobierno de Alemania, Angela Merkel. Un plan de salvataje paras tiempos extraordinarios. DPA

Sin ir tan lejos, lo que brota es un repudio generalizado a cómo se hacen las cosas, incluso al sistema democrático. En 2008, en el inicio de la anterior crisis global, el ex director gerente del FMI, Michel Camdessus, que llegó a culpar a los pobres de México por la pesadilla que vivió ese país con el Efecto Tequila, reflexionó autocrítico y ya jubilado que “es preciso inyectar el sentido del bien común”. En términos más pragmáticos y utilitarios que humanistas, explicó que la pobreza puede hacer saltar por los aires el sistema. En ese sentido el análisis del JPMorgan parece tanto un pronóstico como un alerta debido a que el coronavirus generará una crisis de la deuda igual o peor que las señaladas, con similares efectos imprevisibles a nivel político.

Fuera de la periferia, Europa comenzó esta semana a decidir fórmulas para prevenir que el enorme rojo fiscal que producen economías paralizadas y con aluviones de desocupados, genere al menos dos efectos negativos. Por un lado las necesidades sociales que por su profundidad obligan a amplificar el gasto público para garantizar salud y contención, escalando las crisis presupuestarias. Por el otro, las vulnerabilidades estratégicas. El desplome de las acciones de las empresas del continente por el derrumbe de las economías, son presa fácil de estructuras competidores como el capitalismo chino o de las monarquías árabes y también de Estados Unidos.

La solución requiere el mismo nivel extraordinario que la propia situación impone. La alternativa en marcha es de una deuda perpetua, con un capital que se diluirá en el futuro y que solo se aplique a los intereses, que a su vez, al ser de garantía comunitaria, tendrían tipos mínimos. Es un subsidio de al menos 1,5 billones de euros, pero que puede expandirse al doble y que se repartirá entre las naciones más afectadas de acuerdo al nivel de daño sufrido. Para eso está el Banco Central Europeo. El dato es que no inflará las deudas y no exigirá contraparte de ajuste como sí se hizo tras el estallido del 2008. Hay una luz verde de Alemania que accede a aumentar el techo del gasto del presupuesto de la UE para viabilizar ese camino.

La iniciativa fue comparada con el polémico plan Marshall del año 1948. Se trató del paquete de ayuda de la posguerra que impulsó Estados Unidos con el apellido del entonces canciller, George Marshall. La iniciativa tenía el múltiple propósito de ayudar a recuperar a Europa, muy dañada por el conflicto, pero preservando su dependencia industrial de EE.UU. También debía proporcionar un amortiguador social que generara expectativas y limitara la influencia política creciente de la hoy desaparecida Unión Soviética. Moscú, aliado en el combate contra los nazis, había sido invitado a participar de ese programa, pero con suficientes condiciones para persuadir a Stalin de alejarse.

El ex director gerente del FMI Michel Camdessus AFP

El ex director gerente del FMI Michel Camdessus AFP

La China actual, se cuela en el trasfondo de esos escudos, no tanto por la seducción de su modelo, que sí existe e inquieta, sino especialmente por el tamaño que rige a la República Popular como acreedor mundial.

La veterana revista norteamericana Foreign Affairs apuntó recientemente a ese aspecto y a la reubicación mundial que pretende Beijing incluso a expensas de la crisis del coronavirus. “En este momento, China, con sus vuelos de socorro y asistencia médica, está ganando la batalla del poder blando contra EE.UU.”, advirtió. Y añadió, a tono con otras publicaciones, que los efectos indirectos de la actual crisis ”pueden cambiar permanentemente el mundo. Estos efectos se sentirán particularmente en la creciente esfera de influencia de China, donde Beijing ha desplegado en gran medida un modelo de control imperial basado en la deuda”.

La economía de la República Popular se derrumbará este año a niveles sin precedentes. El artículo, que lo firma un profesor de estudios estratégicos de la escuela de guerra de EE.UU., Azeem Ibrahim, sostiene en ese sentido que “es poco probable que Beijing haga una pausa y considere las consecuencias de exprimir a sus deudores en un momento tan vulnerable”.

Buena parte de esas deudas está en la periferia, en los países de Asia plegados al ambicioso proyecto de la Ruta de la Seda y también en América latina que comparte el peso de esa loza con EE.UU.. El articulo le avisa a Washington, pero mirando a las próximas cercanas elecciones en ese país, que “esta situación presenta a una administración estadounidense potencialmente nueva, la oportunidad de recuperar cierto liderazgo moral como el más benevolente de los imperios mundiales dominantes al liderar un programa de alivio de la deuda internacional y reconstrucción”. La base es la infraestructura de Bretton Woods, donde nació el FMI y el Banco Mundial.

Aparte del dato indiscutible que sugiere sobre la actual ausencia de un liderazgo mundial, el último punto es relevante. Cuando se alude a defaults América Latina está en primera línea de ese destino. Pero los países de la región carecen de un Banco Central como el europeo para financiar planes de rescate a estos niveles. En tiempos extraordinarios solo están el Fondo y el BM. 

La directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva DPA

La directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva DPA

El ex especulador George Soros, un gran observador de los mercados acaba de señalar que el G20 debería avanzar sobre la necesidad de un alivio de las deudas que proclamó en su comunicado del 15 de abril último. “Lo piden solo para los países más pobres y de los prestamistas estatales. Se les pide a los prestamistas privados que consideren darles a los países pobres un descanso en los pagos de la deuda, pero no los presionan para obligarlos. Esto no va lo suficientemente lejos”, se queja.

Soros no es precisamente un socialista. Ganó fama en 1992 por voltear la moneda británica, con una ganancia personal de más de mil millones de libras. De modo que lo que propone va más allá de una cuestión ideológica. “La forma más sencilla de lograr el alivio de la deuda –afirma- es retrasar un año todos los pagos que vencen en los próximos 12 meses y exigir a los acreedores que renuncien a los ingresos por intereses de un año. Este sería un acuerdo único. No debe sentar un precedente para el futuro, y no debe constituir un alivio permanente de la deuda”.

El plazo es quizá demasiado estrecho, pero ciertamente sería un comienzo que pone a un lado el riesgo de la bancarrota inminente entre los países que, como en el caso de América Latina, según la Cepalse encaminan a la peor recesión de su historia.
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